VIAJE A GUATEMALA. El país de las sonrisas escondidas. 06.17
- intimidadconsciente

- 21 abr 2020
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 31 may 2020
Últimas líneas desde la exhuberante y misérrima Guatemala. El país de las sonrisas escondidas.
Veo a las gentes subir al autobús suplicando al conductor pasar sin pagar o el niño borracho y vomitado es excluído por sus gentes que le desprecian y no quieren ni pueden mirar su propia oscuridad. Quizá ya fue. Bastante tienen en casa. La vieja y la señora de mi lado le mira con compasión, siempre hay nichos.
Siento sus energías pues sus rostros son inexpresivos. Los bebes, que ríen siempre por mímesis pues no conocen el sentido del humor, en lo alto de la región de Uspantán, una de las más pobres de Guate me miran con la expresión más plana que jamás ví.
Los chiquitos mugrientos lustrabotas venden chicles y se mueven vivaces en la plaza del pueblo y las mujeres de faldas coloridas parecen un cero a la izquierda. Las viejitas viajan de pie en la furgoneta ante mis ojos absortos. Las conversaciones a mi espalda hablan de la zurra que su marido le propinó la noche anterior y los hombres yacen dormidos en la acera tras la melopea de ayer.
País vergel con montañas inconmensurables que sufre y olvidó cómo alimentar a su tierra. Donde los disidentes siguen desapareciendo y las enormes familias no escucharon ni de lejos hablar de lo que es la planificación familiar. Casándose y teniendo hijos desde adolescentes, todas las mujeres con las que interaccioné probablemente nunca disfruten del privilegio de echar un buen polvo.
En este denso mar salado, la belleza de la flor de la canela siempre se desplega, como la malayerba, que crece brillante en cada rinconcito. En las conversaciones en los mercados con el adolescente homosexual, que tras examinarme pormenorizadamente, se atreve a sentarse a mi lado, para conocerme, a preguntarme, conectar. Nunca salió de su pueblo y no conoce el mar, pero su alma desborda esa luz del que todo lo toca con amor. Ávido por saberme, me confiesa que no le gusta estar en la calle y no quiere salir a conocer el mundo. Que va de su casa a la escuela y al comedor chiquito, donde empeñado, limpia la mazorca para la consiguiente harina. Las semillas del maíz lilaz más viejas y vivas que Jamás probé.
Me siento en la panadería y le entro a aquella mujer salvaje que lucha para poder comprar un pastel para la fiesta del día después. En sus ojos veo una hermana, devota a su granja y animales, que todo lo sabe. Sabe leer en mis ojos y fascinada, le empiezo a contar historias de otros mundos. Terminamos hablando de educación, sexualidad y posibilidades vitales. Nos marchamos satisfechas por el avance y el reconforto que entenderse regala al corazón.
Ya voy llegando más cerca. Mis ojos van mudando al ir desnudando lentamente la intimidad del país.
Al caer la noche, otro veinteañero luminoso se acerca a la sede donde mi amigo trabaja colaborando con una aldea de montaña. Su fuerza y sabiduría también impregnan y desbordan el cuarto.
Al igual que la de los niños con los que intercambio origamis a la salida del lago sagrado. Espejos hermanos que en aquel instante consiguen llevarme a mi infancia y a las conexiones tan profundas que marcaban aquellas tardes en el parque, donde perpleja, entregaba todo mi amor, por sólo unas horas, a la princesa Serezade o al Javito del balcón de enfrente con el que me comunicaba a gritos tras la merienda.
Sólo esta Guatemala cruda y maestra consiguió traerme tan atrás en el tiempo. Tocada en mi ser por esa amabilidad sencilla e incondicional de sus gentes.
Tenía razón Cristobal, la Belleza es Ineludible en cualquier rincón del Universo.





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