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ALUMBRAMIENTO Tulum, Abril 2017

Actualizado: 31 may 2020

Reflexiones tras un parto "en comunidad".

Nos rendimos todas ante el destino de una madre que decide tener su hijo aquí y ahora.

Me planteo que es una responsabilidad circular cuando todos los miembros de la comunidad están más o menos implicados, sin embargo, la naturaleza se sobrepone a esta idea y no hago más que agachar la cabeza y declararme al servicio.

Me reservo el beneficio de la duda ante el que será mi primer parto y observo.

Cuando vives con mucha gente, se practica la renuncia a uno mismo, aunque sólo sea por cuestiones prácticas.

Llega la hora y el silencio empieza a alargarse a medida que la respiración de la madre se hace más sonora, más profunda. La mudez y la escucha inundan nuestra comunicación. Se agudizan los sentidos. Desaparece la palabra.

Nos miramos y comprendemos. Las distancias se acortan. Estamos sólo por y para el servicio de la mamá y el bebé.

Crudo.

A flor de piel. Nunca antes en la vida he pasado por una situación así.

Nunca?

Al menos, una; al nacer, pero de eso ya no me acordaba. Sin embargo, ahora, me invade esta situación tan familiar y vieja, como si ya conociese este momento, de tantas veces antes. Cristalino.

Ahora siento incertidumbre y calma. Es una certeza de que todo sólo continúa y va para adelante; me llena de vida.

Ilusión y emoción en las primeras horas.

La madre decide, en principio, que quiere sólo a dos allegadas cerquita.

Me quedo en la periferia, anclada en la más pura presencia. Lucho contra mi ego que me dice que puedo ayudar mucho y se quiere acercar "al alumbramiento¨.


En su lugar, tomo tiempo para observar el otro círculo concéntrico; los hombres, a estos ojos, parecen estar bien ajenos a la situación, fuman hierba, dialogan sobre astrología maya.

Ahora sí me siento "Ana la mercuriana" y sí, ellos parece que vienen de marte.

En una situación de tanta percepción y donde nuestras energías más primarias salen a la superficie, me pregunto si yo no esté sintiendo algo quizá a este nuevo bebé naciente de padre ausente hoy.


Las horas pasan y parece que nos vamos acercando más a útero de la madre.

A ese temazcal que grita de dolor placentero aún la poderosa mamá.

Es la voz de todas las madres y sólo ahora entiendo sobre la importancia de formarnos mutuamente en el arte de dar a luz. Es en esto en lo que creo, por lo tanto, agradezco infinitamente y perpleja, la situación que se desplega ante mí.


Tulum me viene a recordar una y otra vez que el fluir pasa por encima de mí y que yo lo he llamado. Que ponga mucha atención en lo que pido, pues a venir a dármelo en menos de un parpadeo.


La doula baila, respira y calma a la mamá con su movimiento. No obstante, tras unas horas, yo preciso saber de algo más empírico como cómo están los latidos del bebé.

Tras 24 horas, mi Ana más loba se salta el cinturón de protección que la madre y entrando al temazcal la pregunto cómo está, que cúanta fuerza tiene y le recuerdo que todo es posible y podemos movernos allá dónde desee.

En las comunidades, no hay donde esconderse y anhelos y fuerzas afloran sin condescendencia.


Tras mi expresión siento que tengo que dejar a aquellas mujeres en su proceso y atenta en caso necesitemos tomar relevo.


Me quedo fuera e intento conectar con el niño, preguntarle cómo está.

Desisto y intento descansar, parece que vamos a necesitar más fuerza.

La madre nos había dicho que ella pensaba lo tendría sola y con placer. Han pasado más de 24 horas y vuelvo a dirigirme hacia el corazón del niño.

Ella está muy cansada. Llega el alba.


Observo la conexión de la madre con el dolor, su apertura a recibir al mundo y siento su cuerpo muy cerrado para este nacimiento. Me pregunto cómo será su conexión con el dolor y apertura y rendimiento hacia en mundo después del séptimo, como es el caso de aquel preciado ángel que, finalmente, llega al despertar la mañana; La Partera, el muy más hermoso y apreciado trabajo del mundo para mí en ese momento.

Porta una máquina escuchar el latir del bebé y entiende toda la situación a golpe de vista. Respiro tranquila.


La experiencia me dice cuán desligados podemos llegar a estar de vida y muerte en estructuras sociales donde estos actos se encierran tras las paredes del hospital.

Madres tratadas como enfermas cuando están trayendo vida. Gran paradoja.


Dolor sagrado que habla, sangra y cura todas las heridas del pasado.

En un parto, pueden sanarse todas las heridas de la estirpe, cuando la madre visualiza su dolor y la comunidad lo atestigua y la apoya. Cualquiera puede identificarse. Todas lo conocemos.


La mirada de la madre pidiendo la epidural dentro del temazcal me aterrizó, sus preciosos ojos verdes perforando los míos en toda mi memoria frente a frente, empujando con ella, en el momento equivocado. Sabiduría latente pero no actualizada.


Amor puro hacia la vida que es un canal en la muerte.

Renacimiento y mayor capacidad perceptiva en las energías sutiles. Somos capaces de sentir al niño y actuar en conjunto.

A la vez y sin discusiones llamamos a la partera.

Sabrina, ángel descalzo, sosegado.


Mi corazón late en paz con el de Amaru. Me relajo y destenso la sesión de microinfartos a las que esta madre nos ha llevado.

Lecciones de vida y del modo de organizarse cuando la responsabilidad es compartida.


Todas sabemos dar a luz. Hemos de recordarlo.

Lección de empoderamiento mutuo, instante chamánico consabido. Ahora amamos más la vida y podemos entenderla en el continuo y de la mano de la misma muerte.










 
 
 

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